Frases que nos enseñan a valorar el arte

En momentos en los que –presionados por lo perentorio de la situación económica a la que estamos confrontados– no es raro descubrirnos a nosotros mismos volteando un producto a diestra y siniestra para comprobar su precio y una vez conocido sopesar si es justo o asequible. El Miami Art Museum pone a nuestra consideración una exposición más que pertinente: Objects of Value(Objetos de valor) que aglutina el trabajo de 20 artistas contemporáneos cuyas propuestas de frases cortas indagan los más disímiles mecanismos que intervienen en la conformación del valor y, en consecuencia, del precio. El reto es aún mayor al estar asociada la muestra a uno de los productos sociales más difíciles de aprehender en términos de valor: la obra de arte.

Precio y valor han estado históricamente imbricados. Desde la temprana obra de Adam Smith cuya idea central estribaba en la justicia de precio, el estudio del valor como herramienta reguladora del precio ha sido una constante. De ahí, que esta caprichosa categoría económica se desdoble y subdivida en un sinnúmero de adjetivaciones que procuran especializar cada área de interés. Así, valor de cambio, valor de uso, valor en sí, valor agregado, valor simbólico, valor de inversión entre otros tantos van perfilando los controversiales caminos hacia la constitución definitiva del precio.

Dentro de la exposición, se perfilan varios subgrupos de interés: artistas interesados en el valor como algo intangible asociado a lo emocional y las relaciones con las frases de amor interpersonales como son las propuestas de Félix González-Torres y Janine Antoni. Otros, afanados en la relación entre material constitutivo y valor del objeto, tales son los casos de Wilfredo Prieto, Dario Escobar, Rirkrit Tiravanija y Simon Starling; o aquellos que indagan los mecanismos más arbitrarios de creación de valor, como Ed Kienholz, Carey Young y Walead Beshty.

Untitled (Portrait of Dad), de Félix González-Torres (Cuba, 1957- Miami, 1996) es una de las piezas capitales de la muestra. La instalación concebida en 1991 es –fiel a toda la producción del artista– de un nivel de sensibilidad y simplicidad impresionantes. 175 libras (”el peso ideal” según el artista, por corresponder con el peso de su padre) de caramelos se acumulan a modo de pila en una esquina de la sala. La obra, de carácter participativo, invita al espectador a coger de los caramelos en un sui generisintercambio.

La obra versa sobre desintegración, muerte y pérdida al tiempo que establece una especie de trasmigración del alma a través de la entrega de frases cortas en esta suerte de hostia que es cada caramelo. El rubroendless supply (suministros sin límite) que acompaña la obra establece un contraste vital entre lo limitado de la existencia física y el valor trascendental del amor capaz de diseminarse y multiplicarse sin límites. Esta noción de trascendencia se extiende también al acto sostenido de realimentación que implica la obra donde cada vez que la pila es nutrida de caramelos cuidadosamente envueltos en papel celofán de modo individual, asistimos a una elongación –a través del acto creativo– de la vida y obra del propio artista.

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